Evocación de Platero

por plasticidades

 

Volviste, Platero, en la hora del ensueño. Cuando a la mente no llega la vigilia plena y ya se tienen las sensaciones primarias. No sonaron tus pezuñas contra el piso lustroso. Flotabas ¿De qué otra forma lo hacen los fantasmas? Tus blancuras de antaño ahora tenían esa palidez de ultratumba ¡De que otra bruma habrás llegado!

¡No! No podemos salir a jugar. Esos campos ya no existen; se los comió la ciudad y su luz opaca las estrellitas. No saldré porque también has cambiado, Platero. Eras más grande, lustroso y juguetón, y ahora mírate, esmirriado y enano. ¡Y ya deja de halar esos tubos, zoquete!

La alarma que indicaba el paro cardiaco no causó asombro, empezó la corredera de gente.

—¡Órale que se nos va el viejo!

—¡Desfibrilador! ¡Epinefrina!…

Golpes secos en el pecho como queriendo desempolvar de tiempo el pulmón y de grasas ese corazón cansado.

Una mujeruca, con cofia y mascando chicle, a toda velocidad les proporciona lo que solicitan. Pasan los minutos hasta que cansados y aburridos se miran y uno de ellos dice —hora— otro responde –seis  quince.

Se alejan contrariados y con un resabio de frustración en el ánimo.

—Era por demás, el pobre viejo no quería vivir.

Más… ¿Qué era esa pelusa blanca que inundó la sala de terapia intensiva?

©alfonsopedraza

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